En vez de hablar de “fracaso” empresarial, empecemos por hablar de “fallo” empresarial, una expresión más exacta y menos castigadora y terminal. LA GRAN mayoría de los emprendimientos termina mal. Esa es la dura realidad, en España y el mundo. No todos los emprendedores tienen éxito, ni mucho menos. En EEUU, la mayoría de los emprendimientos muere antes de cinco años. Todo indica que en España la situación es parecida o algo peor.
Con esto en mente, no debemos pensar en los emprendimientos como empresas comunes y corrientes, sino como organizaciones temporales cuya misión es descubrir un modelo de negocios rentable y escalable. Su éxito depende de fallar lo más rápidamente posible, aprender de los errores, descartar cuanto antes lo que no funciona y ajustar las cosas hasta dar con un modelo de negocios exitoso.
La mayoría de las veces, los recursos se acaban antes de que el emprendedor logre dar con el modelo de negocios más apropiado. Si eso ocurre, más vale que la empresa cierre sus puertas temprano y al menor costo posible. Aunque para nadie es un honor acarrear con un fallo (en todas partes se valora más el éxito que el fracaso), tampoco es un pecado mortal.
No así en España. Aquí el emprendedor fallido queda estigmatizado, muchas veces de por vida. Se lo mira como alguien que ha demostrado ser “malo para los negocios” y que, con un estigma a cuestas, no merece ser sujeto de crédito ni tampoco una segunda oportunidad. De hecho, hay una sanción moral implícita: si no pagó todo el dinero que debía, “merece pagar por lo que hizo”. Las puertas y las viejas amistades se cierran. Las empresas más importantes se resisten a contratarlo. Es, en definitiva, un fracasado.
¡Qué injusto! En el fútbol, un delantero que trata de meter un gol y falla es alguien a quien le salió mal la jugada. No así con nuestros emprendedores. Si fallan es porque son malos. Además, esto es malo para todos. Al igual que un delantero, nuestros emprendedores tratan de “meter un gol” cada vez que ven la oportunidad, pero no siempre lo logran, ni mucho menos. Para llegar al desarrollo necesitamos que muchos emprendedores se atrevan “chutar”, aunque fallen. Con un poco de suerte y talento, a punta de generar situaciones de gol y patear bien la pelota, vamos a ganar el partido.
Pero si los seguimos estigmatizando, estamos fritos. Un grupo de expertos concluyó que la principal razón por la que la gente emprende poco en España no es la burocracia asociada a abrir una empresa ni la dificultad de conseguir fondos, sino el castigo social que reciben los emprendedores que fallan.
Un reto básico es cambiar nuestro lenguaje. En vez de hablar de “fracaso” empresarial empecemos por hablar de “fallo” empresarial, una expresión más exacta y menos castigadora y terminal. Poco a poco, a punta de hablar mejor, empezaremos a pensar mejor y a reconocer entre nuestros emprendedores fallidos a aquellos que crearán la España futura, en todos los ámbitos. Una bonita jugada para llegar al gol.
M.J.VAZQUEZ
No hay comentarios:
Publicar un comentario